Dante Spinetta habla de ‘Día 3’, un disco ‘mestizo’ atravesado por memoria familiar, calle porteña y cruces culturales

Dante Spinetta habla de ‘Día 3’, un disco ‘mestizo’ atravesado por memoria familiar, calle porteña y cruces culturales

El funk se mezcla con el tango, el hip hop y una idea bien criolla de identidad en esta nueva producción.

La casa-estudio de Iberá sigue en el mismo lugar, pero no suena igual. “La Diosa Salvaje” — como la bautizó su papá en honor a la canción incluida en Alma de Diamante (1980) — continúa conservando esa historia espesa y una idea muy concreta de la música como forma de vida. Consolas y cables desparramados, instrumentos apoyados en los rincones como si se acabaran de usar, cuadros y alfombras animal print, un vinilo de Prince al alcance de la mano, dibujos originales de Luis Alberto en las paredes, cuarzos rosas mezclados con placas de audio. En el centro de esa imagen familiar, Dante Spinetta mira a su alrededor desde ese punto fijo que conoce de memoria.

Al parecer, el 2026 le sienta bien. El 1° de enero, a las cero en punto, presentó “El Reset”, el primer lanzamiento argentino del calendario y el tercer adelanto de Día 3, el disco de 12 canciones que lanzará a finales de febrero bajo Sony Music Argentina — y su sexto en solitario tras una decena como parte del dúo de rock Illya Kuryaki and the Valderramas (sin contar la banda sonora de 4×4 ni el vivo Niguiri Sessions).

El próximo diciembre cumplirá 50 años, pero no tiene interés en subrayarlo. De hecho, asegura que no piensa hacer un fiestón. A cambio, se enciende con otras cosas, como su fanatismo por He-Man y su colección de muñecos importados; sus hijos, Vida Uniqua y Brando de Dios; el recuerdo de su abuelo cantando tango; una anécdota de un brindis largo con Diego Maradona. Todo sucede en una misma conversación, sin orden aparente, como un zapping que siempre llega al mismo punto. En ese ambiente, su última obra empieza a tomar forma.

La primera trampa con Spinetta es creer que el apellido lo explica todo. Que en ese nombre, pesado de mitología rock, ya viene escrito todo el recorrido. La segunda es darlo por escuchado: pensar que ya lo tenés fichado como un sonido identificado de los 90, entre funk, rap y groove. Pero en cada entrega cambia las cosas de lugar. Mueve el tempo, ajusta el foco y empuja un poco más allá. Vuelve sobre algunas obsesiones para mirarlas distinto, con otras experiencias encima y el oído entrenado para entender lo que antes pasaba de largo.

Día 3 corretea con eso desde el vamos. El título abre el juego y habilita diferentes lecturas. En su versión espiritual, el tercer día es el de la vida ganándole al caos. Si se afina la referencia cristiana, aparece el día de la resurrección de Jesús. En el plano simbólico, el tres remite a la creación. Y para los nerds, puede apuntar directo a Star Wars: Episodio III, La venganza de los Sith. Una manera muy spinetteana de ordenar el lío sin volverse gurú, como una mezcla — según él mismo define, entre chistes y algo de verdad — entre “Shaolin y gaucho”.

“La intención era resetear esa computadora. También hay como una especie de religión dentro de las religiones el hecho de que cada vez que arranca un año nuevo uno renueva el espíritu de recambio en un montón de cosas: desde lo emocional hasta la gente que se anota en el gimnasio”, dice. “La gente me decía: ‘Che, boludo, ¿vas a arrancar el año diciendo: “Todos los sueños que tuvimos van a desaparecer en el reset”?’. Y algunas veces, lamentablemente, tenemos que resetear y soltar cosas que estaban buenas también. No quiere decir olvidar, sino aceptar el cambio”.

Al preguntarle qué tuvo que soltar para llegar a ese renacer simbólico que nombra, responde que es como “reaprender, como productor, como músico”.

“Cuando empecé a hacer el álbum, por ejemplo, era un disco como un Mesa Dulce 2, te diría. Lo grabé entero con toda la banda, ya tenía el álbum. Pero una de esas canciones tenía algo diferente y abrió todo lo que vino después. Apareció un color diferente y le presté atención a esa sensación. Solté el control, inclusive como productor”, explica. “En todo eso empezó a aparecer una cosa más mestiza a nivel sonoro. Ritmos como el tango, cosas que tienen que ver mucho con la nostalgia y con mi vida. Yo crecí con mi abuelo cantando tango. Fue cantante de tango profesional y dejó su carrera para alimentar a su familia. Llegó a cantar en Radio Nacional, la rompía. Viví casi dos años en la casa de mis abuelos, a fines de los 80. Y él, todos los días, religiosamente, se levantaba cantando tango”.

“Capaz, cuando uno es pibe, dice: ‘Uy, este ritmo’. Te suena que es de los viejos, pero no te das cuenta de lo lindo que es eso también, de la nostalgia, de la identidad. Mis abuelos estuvieron muy presentes en este álbum”, continúa. “El origen también: empezar a pensar en la etnia argentina, en las mezclas, en toda nuestra sangre, nuestras influencias culturales. Charlas así, conmigo mismo, y de golpe darme cuenta de que también tenía un montón de vertientes en mi sangre y culturales, más allá del rock. Pero también está toda esa cosa de la calle, de Buenos Aires”.

En paralelo al lanzamiento de Día 3, Spinetta aportará su mitad a Illya Kuryaki & The Valderramas en lo inmediato.

“Tocar con Kuryaki siempre es divertido. Con Emma somos brothers y nos permitimos hacer estos shows en medio de nuestras carreras solistas”, dice de su compañero de dúo, Emmanuel Horvilleur, quien también lanzó recientemente un nuevo disco, Mi Año Gótico (lee más aquí). “El mes de marzo se lo dedicaremos a IKV porque se juntaron festivales que nos encanta hacer y países a los que queríamos volver. Nos divertimos haciéndolo, esa es la verdad. Aunque cada uno esté a full con su carrera solista. Y también nos gusta que Kuryaki sea una especie de misterio: IKV no da notas, sube al escenario, tiene esa mística”.

En conversación con Billboard Argentina para una historia de portada, Spinetta también habló del día que conoció a Leo Messi, de sus mayores influencias, y de lo que significa ser hijo del desaparecido pionero del rock argentino Luis Alberto Spinetta. A continuación extractos de la entrevista.

Además de los recuerdos, ¿cómo conectás con esa identidad cultural argentina?

Argentina es un lugar donde se mezclan muchas culturas. Si me pongo a pensar, mi abuelo es chaqueño, mezclado entre indios y moros; mi abuela es alemana. Después, italianos, españoles, criollos… Toda esa mezcla es Argentina. Esa cultura que pasó y sigue pasando es lo que nos hace poderosos.

A veces veo que hay una especie de racismo sistemático contra el ser marrón y me da mucha vergüenza. Es muy ignorante hablar así cuando es parte de la identidad de tu país. Y eso tiene que ver con choques culturales, de explosiones, de planetas que explotan y generan algo nuevo. Y no solo Argentina, toda Latinoamérica tiene ese poder que viene de la mezcla. No tenemos que emular otras cosas, sino aceptar nuestra fuerza. Y creo que en Día 3 está. Es un disco con mucho poder marrón.

Y es un disco que llega, también, en un año particular, porque vas a cumplir 50. ¿Sentís que es un cierre de etapa?

No lo pensé, pero puede ser que lo sea. Creo que es un disco muy power, que estoy usando el conocimiento aprendido en el camino. Y cumplir 50 va a ser fuerte. Tengo que hacer un fiestón, medio que estoy obligado. Capaz no hago nada.

No prometas.

No prometo nada. Es un re laburo. Es más difícil hacer una gran fiesta que un disco. Esa fiesta que todos esperan, que si vas a cumplir 50 tenés que romperla… Mejor hago otro disco que es más fácil.

¿Cómo te llevás con las expectativas, entendiendo el quiebre que generó Mesa Dulce (2022) en tu carrera?

Cuando estoy convencido de lo que hice artísticamente va por ahí, estoy tranquilo. El éxito comercial tiene que ver con un montón de factores que van más allá de uno. Todo tiene que ver con uno pero, para mí, el éxito es tener un gran disco. Después, si se acomoda todo el universo para que a la gente le guste tanto como a mí, pasa o no.

Siempre decís que la música es tu mayor amor, lo que te salvó la vida. ¿De qué sentís que te salvó este disco en específico?

La música es uno de mis grandes amores. Obviamente, mis hijos son lo primero, siempre. Pero la música me salvó. Y no solamente por ser músico. Cuando escucho a Stevie Wonder, por ejemplo, me lleva a lugares muy grosos de conexión. A toda persona a la que le gusta la música y todavía no se metió adentro de un disco, permítanselo: escuchar con auriculares, con la luz apagada en tu cuarto, meterte y viajar a través de eso. 

Recuerdo estar haciendo eso con los discos de mi viejo cuando era chico, que los escuchábamos en mi casa antes de que salieran. De golpe mi viejo traía los demos en el walkman o el discman, y cuando él terminaba de escucharlos, yo me quedaba escuchando. Lo bien que te hace eso, cuando la música está hecha con amor. Si no, es fast food. Comé comida chatarra todos los días y vamos a ver cómo te sentís. Con la comida casera te sentís mucho mejor. Y con la música pasa exactamente lo mismo. La música me salvó, me ayudó a volar, a que mis sueños tomen fuerza. Y no solo la música: el cine, el arte en general, y también otra gente que te ayuda, que te da fuerza y visión.

Tuve la suerte de conocer a Leo Messi y al Diego. Tienen esa energía de gigantes, que cargan con todo ese amor. Hay que bancarse tener tanta gente mirándote, opinando, dándote amor y puteadas. Hay que bancarse esa presión, no es para cualquiera. Son seres elegidos. Cuando los ves, ves gurúes. Cuando vi al Diego por primera vez, estaba yendo a buscar entradas para Michael Jackson, en el estadio de River, el día que tocaba. Mi viejo me había dicho: “Andá, que te van a dar unas entradas”. Yo tenía 14 años y 40 grados de fiebre. Pero me curé viéndolo al Diego, que estaba ahí con sus hijas, fue como ver a Superman. También me curó verlo a Michael, no me lo iba a perder ni en pedo.

¿Le hablaste esa vez?

No conversé con él en ese momento porque era muy chico. Años después tuve la suerte de pasar un par de momentos con Diego, muy lindos, inolvidables. Por ejemplo, arrancar un año nuevo juntos, que se dio casualidad.

¿En qué contexto?

Fue un fin de año en Punta del Este. No me acuerdo el año. Yo estaba con un amigo que conocía a Guillermo Coppola, su representante histórico. Los dos estaban en un jardín de invierno, hablando. Mi amigo golpeó la puerta y Guillote nos hizo pasar. Yo estaba con un par de amigos, entre ellos, Emma [Horvilleur]. Entramos y éramos nosotros con ellos. Yo no lo podía creer, estaba hablando con el Diego… Y de golpe, empezamos a escuchar fuegos artificiales. Se hicieron las 12 de la noche y: “¡Feliz año nuevo!”. Levantamos las copas y estábamos a los abrazos con el Diego. Fue una locura. Una bendición. Fue como haber conocido a Prince. Son esos seres que iluminan.

Lo mismo cuando conocí a Messi. Con mi hijo fuimos a ver al Inter Miami y nos presentaron. Pudimos hablar un rato con él. Mortal la humildad, la energía de ver a alguien tan groso con tan buena onda, es inspirador. De esa energía linda hay que aprender, de la humildad de personas que son tan grandes y no se olvidan de donde son. Eso es re groso. 

El ejemplo más claro lo tenías en tu casa.

Exacto, mi viejo también. Siendo tan groso, siempre fue re humilde. Siempre acá, tranquilo, en Villa Urquiza, relajado. Eso me quedó mucho: no creértela. Porque si te gana el ego empezás a manejar en contramano, también en el arte.

Se habla mucho de lo que heredaste de tu papá en cuanto a sonido. ¿Te acordás de ese primer disco que dijiste “esto es mío”?

Muchas veces me preguntan cómo es ser “Dante Spinetta, hijo del Flaco”. Y siempre fue mi realidad. No conozco otra. Nunca me puse en el lugar de estar afuera mirando para adentro. Mis viejos me transmitieron desde la crianza que yo podía hacer lo que quisiera. Y una influencia muy grande que me quedó de mi viejo es no tener miedo a jugar con la música, a mandarte, a que te chupe un huevo lo que digan las opiniones, porque es un viaje de uno. Mirá si uno en la vida va a dejar de hacer cosas por lo que opinen los demás, más cuando es música.

Naturalmente tuve mi búsqueda por otro lado, con el rap, el funk. En mi casa se escuchaba mucha música. Y a medida que fui creciendo y empecé a traer música a casa fue mortal, porque había un ida y vuelta. Yo le copiaba discos a mi viejo o le regalaba cosas que iban saliendo y que sabía que le iban a gustar. Está re bueno compartir eso con tu papá. Olvidate de que es Spinetta.

Volviendo a esos primeros años y a ese primer encuentro con el funk y el groove, géneros con mucho cuerpo y sensualidad, ¿sentís que de alguna forma fue una manera de rebelarte frente al contexto?

No siento que haya sido algo premeditado ir por otro camino que el de mi papá o el del rock que me rodeaba: Fito Páez, Charly García, a todos los que admiraba. Para mí, Fito era como un tío en ese momento. Sin embargo, hay conexiones en sus músicas que también las tengo yo. La influencia de Prince en Charly y en Fito es muy obvia. De mi papá en el soul, también. Por ejemplo, Spinetta Jade es super funky. Simplemente yo sentí otra cosa. Una conexión con otra parte de esa música, que tenía más que ver con una generación que ya crecía con la televisión, con ver videoclips. La explosión del hip hop tenía más que ver con una energía contemporánea. 

Me acuerdo cuando era pibe que miraba algo de Led Zeppelin, que me encanta, pero siendo chico no me podía meter en ese flash. Lo veía como el mundo de mis papás, o de los amigos de mis papás. Pero cuando veía a los breakers, que nos parecíamos físicamente, con Emma decíamos: “Estos somos nosotros”. La mayoría de los breakers al principio eran puertorriqueños. Había una representación estética. El funk lo descubrí a través del hip hop, por los samples. Cuando salió The Chronic de Dr. Dre, fue un disco que cambió el juego totalmente, usaba samples de Parliament-Funkadelic. A través de eso, empecé a escucharlos y fue muy loco porque después me gustaban más ellos o Prince que el rap. 

Una versión más amplia de esta entrevista fue publicada originalmente por Billboard Argentina.