El creador de la cumbia villera abre las puertas de su hogar a Billboard Argentina para hablar del pibe de barrio que fue y del artista popular en el que se convirtió.
“Hacemos la nota, unas fotos y listo. A mí no me vas a poner a hacer cualquier cosa”, dice Pablo Lescano mirando fijo a los ojos antes de dar la espalda. El ideólogo de Damas Gratis marca la pauta y enfila hacia su cafetera expreso digital para ofrecer una taza de desayuno. “No quiero nada de amarillismo ni giladas. Hablemos de música”, plantea a Billboard Argentina.
Billboard
Es la mañana de un viernes de junio, hace frío, llovizna y estamos en la cocina de su hogar, contenido en un barrio clasemediero de la localidad bonaerense de San Fernando. Queda a unas veinte cuadras del barrio La Esperanza, las calles en las que creció y que inspiraron a nuestro anfitrión, el kilómetro cero de toda esa historia llamada cumbia villera.
Seis horas después de su advertencia, Lescano tiene que ir a buscar a su hija Marita a la escuela y nos propone que lo esperemos en su casa hasta que vuelva, para que siga el encuentro. A esa altura, ya habíamos hablado de todo en on y off, nos presentó a sus icónicos keytars y el teclado en el que compone, y se fotografió hasta con su enérgico caniche Cali. Las tensiones cedieron paso a la complicidad.
“Yo no quiero saber nada con las notas, no me cabe dar entrevistas. Cuando era pibe, los medios eran muy amarillos y nosotros fuimos muy denostados, vapuleados. A mí me acobardaron un poco. Cada vez que me piden una nota, me tienen que convencer. Mucho tiempo estuve en guardia, a la defensiva”, dice luego, explicando su desconfianza inicial.
A fines de los años 90, era tecladista de Amar Azul, pero se sentía limitado por la cursilería de la cumbia que estaba pegada en aquel entonces. Queriendo expresar todo lo que en aquella banda no cabía, se desarrolló como compositor y productor. Encontró algo nuevo al combinar slang callejero, sexual y carcelario con un swing febril, cargado de sintetizadores, keytars sudorosos, güiros ásperos, efectos vocales pegadizos. La banda se llamaba Flor de Piedra, los temas los hacía Pablo y los cantaba Dany Lescano, con quien no son familia pese a la coincidencia en el apellido. Tenían un hit antipolicía titulado “Sos botón” que se volvió himno en discotecas y canchas de fútbol. La cumbia argentina estaba empezando a cambiar.
Un grave accidente en motocicleta lo mantuvo postrado pero no frenado: desde la cama experimentó un brote creativo que derivó en un nuevo repertorio para Flor de Piedra y también para otras bandas que formó y produjo, como Los Gedes, Amar y Yo, Jimmy y su Combo Negro. Hasta que un día de septiembre del 2000 decidió hacerse cargo del micrófono y de lo que escribía. Y nació Damas Gratis.
“Se te ve la tanga”, “Quiero vitamina”, “Menea para mí”, “El boxeador”, “Los dueños del pabellón”, “Alza las manos” y “El humo de mi fasito” son algunos de los aguafuertes exitosos que forjaron un nuevo lenguaje, un nuevo baile que atravesó todas las clases sociales, el país, el continente. Incluso se derramó a otros géneros: tiene grabaciones con artistas como Andrés Calamaro, Los Fabulosos Cadillacs, Fidel Nadal o TINI.
El trazo de Pablo Lescano viene dejando una buena colección de fábulas barriales que pone a bailar a todo el mundo, pero también ha dejado su huella en la lista Billboard Argentina Hot 100. La versión en directo de “Me vas a extrañar”, junto a Viru Cumbierón, logró el No. 1 las últimas dos semanas de octubre de 2018. Por aquellos días además había colado “No te creas tan importante” (también en vivo y en colaboración con la banda peruana) en el top 10, alcanzando el puesto No. 4.
En 2021, y de la mano de L-Gante, ubicó otras dos cumbias marca registrada: “Pistola (remix)”, que alcanzó el No. 2 en mayo, y “Perrito malvado”, que llegó al No. 6 en agosto. Semanas antes, precisamente, “L-Gante: BZRP Music Sessions, Vol. 38” escaló hasta el primer lugar. “Yo toqué los teclados en ese tema”, apunta Lescano sobre el motivo inicial de la “villarap”. “Me gustaría hacer un tema con Bizarrap, pero si hacemos cumbia”.
Hace 25 años que la música popular argentina tomó otro rumbo de su mano y pulso.
“Si miro para atrás y me pongo a recordar, veo muchos ensayos, mucho sacrificio, mucho trabajo. Con los hits que pegamos, si hubiéramos nacido en Estados Unidos no trabajaríamos más, como dijo Fidel Nadal”, carcajea el Lescano modelo 2025, 47 años, ya sin su distintiva melena enrulada que mutó a un rapado al que no le interesa esconder canas.

Vayamos un poco para atrás con la película. ¿Cuál es tu recuerdo más vívido de tu accidente en la moto, punto de quiebre en tu vida?
Estaba yendo a buscar un portaestudio a la casa de un amigo, Cristian Galarza, que es músico también. Él estaba desculando todo lo de la programación, las máquinas. La portaestudio era mía, entonces la fui a buscar en la moto. Llegué y empezó a lloviznar. Y Chamuyo, su papá, me dice: “Te la llevo en mi auto”. Pero yo me la llevé igual. Volvía por un boulevard que está acá cerca. Venía cortando semáforos en verde, pero despacio, a 60 km/h. Cuando cambió el semáforo, un auto dobló hacia la izquierda sin tener el giro permitido. Yo venía derecho y le pegué atrás. Hice una vuelta carnero y no se golpeó el casco, no me golpeé nada… Solamente las piernas y el estómago contra el tanque de la moto. Eso me dejó sin aire. Después sentí un dolor que nunca más volví a vivir con esa intensidad. De la cintura para abajo. Me quedó una fractura expuesta de tibia y peroné. Y el fémur.
Estuviste muchos meses en cama.
Ocho meses postrado. La banda en la que tocaba de tecladista, Amar Azul, me dejó afuera. Me pagué la operación y empecé a recuperarme. En la convalecencia pensaba cómo matar el tiempo: no había teléfono, no jugaba a la Playstation… Lo único que tenía era un teclado y me puse a hacer canciones. De a montones. Ya había hecho el primer disco de Flor de Piedra, con el tema “Sos botón”. Hice canciones para cinco bandas a la vez. Era una máquina de hacer temas. Iba a grabar en silla de ruedas al estudio. En eso, aparece Damas Gratis, porque los cantantes me hacían renegar mucho en la producción. Los cantantes son bravísimos a la hora del show también. Por ahí venía un músico en pedo, que era amigo del cantante, y decía: “Si no va él, no voy yo”. Y bueno, que no vaya ninguno, váyanse a la casa a dormir. A la hora de laburar, tenés que estar pila. Estás dando un show, no podés subir cachivache a hacer cagadas. Aunque me ha pasado, lo habré hecho seguro.
¿Qué te llevó a hacer esas cumbias realistas y ásperas que en el 2000 no existían?
Amar Azul era una cooperativa a la hora de tomar decisiones. Incluso para hacer una canción. Hacíamos una letra y decíamos: “No, a mí no me gusta que diga ‘pantalón, quiero que diga ‘pollera’”. “No me gusta que diga la palabra ‘botón’, le tenemos que poner ‘cierre’”. Y era un quilombo. Me daba bronca porque yo tenía otra idea.
¿Cómo la empezaste a desarrollar?
Me alquilé un estudio y dije que iba a hacer lo que yo quisiera. Junté 3.000 pesos, que en ese momento eran 3.000 dólares. Pagué 100 horas de grabación en un estudio. El disco lo grabamos en 60 horas, y habremos estado 10, 15 horas más de mezcla. Gastamos unas 80 horas. No llegamos a las 100 para hacer el primer disco de Flor de Piedra. A la hora de plantear la música, decía: “El güiro tocalo así, que suene así, que raspe”. Pero el técnico me respondía: “No, pero está mal así”. “No importa, vamos a crear un sonido nuevo. Vamos a ser distintos a los demás. Hagamos algo nuevo”. Yo pedía más graves, que le dieran cuerpo, que lo compriman. Y me decían: “Pero está mal”. “No importa que esté mal, vamos a lograr otra cosa”.
Cambiamos el sonido, pero nos salió de pedo (risas). A algunas cosas le pegamos, fueron saliendo. Otras fueron más pensadas. En la otra banda no podía meter letras agresivas o palabras de las que usamos en el barrio para hablar. Por ahí el cantante era más grande y no se veía cantando: “Vos sos un botón, nunca vi un policía tan amargo como vos”. También yo renegaba porque veía por televisión a los otros grupos vestidos corte Loco Mía. ¿Por qué no se visten normal? Cuando armamos Damas Gratis, dije: “Nos vamos a vestir como todos los días”. Y ahí empezamos con el equipo de gimnasia.
Sabemos que tus tíos fueron muy importantes en tu vida en cuanto a la educación musical. ¿Te hiciste cumbiero por ellos?
En mi casa teníamos un grabadorcito nomás, pero no era muy musical mi casa. En cambio, en lo de mis tíos y lo de mi abuelo, que vivían a una cuadra, sí. Y yo iba con ellos todos los fines de semana. Mis primeros shows los hice en la casa de ellos. Me contrataban, me daban 10 pesos para la gaseosa y yo armaba los teclados con el parlante, y tocaba. Ellos estaban ahí, escuchando mis canciones. Fueron mi primer público. Tenía un sintetizador arriba y, abajo, un órgano que tenía una base de cumbia. Así empecé.
¿Es verdad que tu mamá no quería que te tatuaras?
Mi vieja era muy brava. Por ejemplo, en la hora de la siesta, cuando éramos chicos, teníamos que dormir cuando todos estaban jugando al carnaval. Mirábamos para afuera por la ventana y era un bajón… Después, hasta los 18 años, no podía tener pelo largo, tatuajes, nada. “Tenés que estudiar”, me decía. Y después: “La música es para los vagos”. Al final, la música me dio todo. Porque esto no lo hicimos diciendo: “Ah, esta va a ser mi fuente de trabajo”, como dicen los Auténticos Decadentes en su canción. “Quiero tocar la guitarra todo el día…”. Y nada más. Pero para ella, la música no iba a funcionar.
Y un día le apareciste tatuado.
Ya vivía solo, pero el primero que me hice fue el de “100% negro cumbiero” (como el título de su álbum de 2004). Me lo hizo Marcos Catueres, que es el mismo que en mis teclados dibujó la AK-47, porque hacía aerógrafo, también. Un día me dijo: “Che, Pablo, tengo una idea. ¿Qué es esto? Un disparador de sonidos”, señalando a mi teclado. “Listo, vamos a hacerle una ametralladora que dispare sonidos”.
El “100% negro cumbiero” no requiere demasiadas explicaciones. ¿Pero qué significa para vos?
Que uno está orgulloso de sus raíces. Yo soy cumbiero, no escucho techno, rock o lo que sea. Antes estaba marginado. Hoy se abrió un poco el juego y podés jugar a la pelota con otros artistas, pero en ese tiempo era muy complicado. Yo soy 100% negro cumbiero, escucho cumbia desde que soy chiquito, desde que mis tíos escuchaban a Los Alfiles, grupos santiagueños, Los Continentales del Perú, Los Mirlos… Eso escuché de chico y cuando empecé a tocar el teclado, ¿qué iba a tocar?
¿Te imaginabas que iba a perdurar tanto?
La verdad que no. Después del accidente, no tuve mejor idea que andar consumiendo estupefacientes. Me puse falopero y eso me sacó del juego como por dos años. Y volver al escenario fue muy difícil, parecía que se nos había pasado el cuarto de hora. Tocábamos y la gente no tenía la misma euforia. Después de ese impasse, dije: “Ya está, cagamos la verga”. Me pasó de todo: tuve un problema con el banco, me vaciaron la caja, me chorearon, me recabió. Otra vez, en picada hacia abajo, montaña rusa de quilombo, salíamos en la tele todos los días, estaba todo mal… Pero me rescato. Y cuando volvimos a los shows, la gente no nos daba bola. Hubo que hacer otra vez un trabajo de hormiga para volver.
Y ahora sos un artista popular.
Sí. En ese tiempo también, pero había perdido la dinámica de los shows de todos los fines de semana. Me acuerdo que en Rescate, que es el boliche que le dio el nombre al RKT, fueron los shows de la vuelta. Y el público nos volvió a escuchar, volvimos a asomarnos. Y hoy es lo que es Damas Gratis, una banda argentina, popular, que aparte de tocar en todo el país salimos para otros lados.
Se llama Rescate: nunca mejor elegido un boliche para volver, ¿no?
(Risas) Parece mentira, ¿no? Pero sí. Hoy tengo disciplina. Si te volvés un fisura, no podés llevar adelante una vida feliz, organizada. Lo padecí, por eso estuve dos años sin tocar. Hoy me cago de la risa, tengo todo y soy feliz. Transmito buena onda, recibo lo mismo. Tengo familia, como asado, una picadita… Antes, ni hambre.
Esta entrevista fue publicada originalmente por Billboard Argentina en una versión más amplia.

